¡Hola! La soledad suele pensarse como un problema individual, pero detrás de la dificultad para construir y sostener vínculos también hay condiciones materiales, laborales y urbanas. La socióloga Victoria O’Donnell aborda este tema en su libro Mosaicos, formas de soledad en el siglo XXI. Para esta edición conversamos con ella para entender el vínculo entre la soledad y la forma en que organizamos nuestra vida económica y social.
Victoria O’Donnell: “Estamos ante una crisis de tiempo, dinero, espacio y carga cognitiva”

La soledad tiene algo de paradoja contemporánea. Podemos hablar con alguien sin salir de casa, trabajar sin compartir una oficina, comprar sin cruzarnos con un comerciante y saber qué hicieron nuestros amigos durante el fin de semana sin haber conversado con ellos. Nunca tuvimos tantas herramientas para conectarnos y, sin embargo, eso no garantiza vínculos capaces de sostenernos.
Victoria O’Donnell propone mirar esa aparente contradicción desde otro lugar. Una de las trampas, sostiene, es interpretar la soledad como un fracaso individual: no tuve suficientes amigos, elegí mal mis relaciones o no sé vincularme. “Cuando una experiencia se vuelve tan extendida, hay que dejar de mirar solamente a las personas y empezar a mirar las condiciones en las que esas personas están tratando de encontrarse”, plantea.\
Construir un vínculo necesita algo que no siempre aparece cuando hablamos de amistad o comunidad: recursos. Para encontrarse con otra persona hacen falta tiempo, energía, atención, algún lugar y, muchas veces, dinero.
Una jornada laboral extensa, el costo del transporte, no tener con quién dejar a los hijos o vivir lejos de los afectos pueden condicionar algo tan aparentemente sencillo como ver a un amigo. Pero O’Donnell agrega otra dimensión menos visible: podemos contar con recursos económicos y aun así estar demasiado saturados para prestar atención a otra persona.
“Hay personas con tiempo y dinero que igualmente viven en una lógica de saturación permanente. Están ocupadas, estimuladas, pendientes de muchas cosas al mismo tiempo y con poca capacidad para prestar atención sostenida a otro”, explica.
Por eso, la desigualdad también se expresa en las posibilidades de vincularse. Las mujeres siguen concentrando una parte desproporcionada del trabajo de cuidados. Las personas mayores pueden ir perdiendo redes al morir sus contemporáneos o disminuir su autonomía. Y muchos jóvenes acumulan intercambios digitales mientras enfrentan dificultades para independizarse o acceder a espacios donde encontrarse.
“Para alguien con pocos recursos económicos hasta situaciones muy simples empiezan a tener un costo. El transporte, un café, una actividad, vivir lejos de las personas que quiere. Por eso me interesa pensar que la pobreza también puede ser pobreza de tiempo, de espacio y de atención disponible para otros”, dice O’Donnell.
Pensarlo de esa manera cambia también las posibles respuestas. La recomendación individual de “salir más” o “hacer actividades” resulta insuficiente si una persona trabaja durante gran parte del día, cuida a otras personas, vive lejos o no puede pagar los lugares donde se desarrolla buena parte de la sociabilidad.
O’Donnell no demoniza el trabajo remoto. “No creo que el problema sea trabajar desde casa. El problema aparece cuando la casa concentra todo. Trabajamos ahí, descansamos ahí, consumimos ahí, nos entretenemos ahí y muchas veces también socializamos desde ahí”, explica.
Al mismo tiempo, la frontera entre trabajo y tiempo propio se vuelve más porosa. Un correo que llega de noche o un mensaje laboral que puede responderse desde cualquier lugar ocupa espacios que antes tenían otros usos. Y esa disponibilidad permanente tiene un costo que no necesariamente aparece en una medición tradicional de horas trabajadas.
“Los vínculos suelen quedar con el tiempo sobrante y con la peor parte de nuestra atención”, resume O’Donnell. Recuperar tiempo propio, entonces, no significa solamente descansar. También implica recuperar capacidad para escuchar, acompañar y estar disponible para otra persona.
Una de las claves que aparecen en su análisis son los llamados “terceros espacios”. Son lugares que no son la casa ni el trabajo y en los que las personas pueden coincidir de manera repetida. “Uno va a un club, a una biblioteca, a una plaza, a una organización o a una actividad y empieza a encontrarse repetidamente con las mismas personas. Primero quizás apenas se saludan. Después aparece una conversación. Después cierta confianza”, describe.
Esa infraestructura tiene también una dimensión económica y política. Un club puede existir, pero ser demasiado caro. Una plaza puede estar cerca, pero no ser segura por la noche. Una actividad puede ser gratuita, pero inaccesible para alguien que no dispone de tiempo porque cuida a otras personas.
Por eso, O’Donnell plantea que una política contra la soledad ni siquiera necesita presentarse como tal. “Puede ser una biblioteca abierta hasta tarde, transporte público accesible, una plaza bien iluminada, baños públicos, bancos donde sentarse, un club de barrio barato, actividades culturales gratuitas o políticas de cuidado que permitan que alguien tenga una tarde libre”.
La propuesta desplaza así la discusión desde el individuo hacia la infraestructura social. No se trata de fabricar amistades desde una política pública, sino de crear las condiciones para que los vínculos puedan aparecer y sostenerse.
Otro punto a tener en cuenta es el de la tecnología. "Las primeras redes sociales estaban mucho más organizadas alrededor de personas que ya conocíamos. Con el tiempo, los algoritmos comenzaron a privilegiar el contenido capaz de retener nuestra atención", expresa.
Eso produce otra paradoja: podemos conocer muchos detalles de la vida cotidiana de las personas que queremos y, a la vez, compartir menos experiencias con ellas. “Sabemos dónde viajaron nuestros amigos, qué comieron, qué serie están viendo o qué les pasó esta semana. Tenemos una enorme cantidad de información sobre la vida de los otros. Pero información no es vínculo”.
Los vínculos necesitan tiempo, experiencias compartidas y cierta disposición a convivir con las diferencias y las necesidades de los demás. Eso puede resultar difícil en una vida cotidiana cada vez más atravesada por la velocidad y la búsqueda de eficiencia. Para O’Donnell, la respuesta también pasa por generar mejores condiciones para encontrarnos: “Una sociedad con buenos vínculos no es una sociedad donde todos son amigos. Es una sociedad donde hay suficientes espacios para encontrarse, suficiente tiempo para sostener relaciones y ciertas normas de consideración hacia quienes no forman parte de nuestro círculo íntimo”.
Tres preguntas a Máximo Mazzocco, fundador de EcoNews y Eco House Global.

Máximo Mazzocco presentó su nuevo libro, “Pangeísmo, El camino del árbol”. En esta entrevista reflexiona sobre los límites de la economía actual, la necesidad de pasar de las decisiones individuales a transformaciones colectivas y las experiencias que, desde América Latina, ensayan otras formas de producir y relacionarse con la naturaleza.
En el libro proponés una mirada filosófica sobre la relación entre las personas y la naturaleza. ¿Qué ideas o valores de la economía actual considerás que necesitamos revisar para construir una forma de vida más sostenible?
Creo que tenemos que revisar, primero, la ilusión de que somos individuos separados del resto. Ninguna persona, empresa o economía es una isla: dependemos del agua, del suelo, de otros seres, de comunidades y de ecosistemas enteros. Y, por supuesto, esto incluye a otros humanos. Cuando entendemos esa interdependencia, cambia también la pregunta económica: ya no alcanza con preguntarnos cuánto podemos producir o crecer, sino cómo queremos convivir. Para mí, una economía sostenible debería partir de tres verbos muy simples: cuidar, cohabitar y compartir.
Y ojo: esto no es una fantasía ni una abstracción filosófica. Existen modelos y prácticas muy serias de nuevas economías que proponen otras formas de producir, distribuir y generar valor. Lo que sí creo es que, todavía, no estamos partiendo de estas ideas como base de nuestra economía. Y ahí hay mucho por revisar.
La conciencia ambiental suele presentarse como una responsabilidad individual. ¿Cómo se puede evitar que el cambio quede limitado a las decisiones de consumo y traducirlo en transformaciones colectivas, empresariales y políticas?
Como se menciona en el libro, lo singular tiene una importancia existencial. Cada nodo tiene la capacidad de armonizar, transmutar e influir aquello que lo rodea. Pero lo singular nunca está escindido del plural: lo singular es plural y lo plural es inherente a cada singularidad. Por eso, la voluntad personal es clave, pero no puede terminar ahí.
Desde mi experiencia, habiendo trabajado estos temas desde las políticas públicas, el sector privado, la educación y la acción territorial, veo que en las últimas décadas empezamos a intuir y comprender mucho más ciertas cosas, y hoy hay muchas más fuerzas vivas trabajando por una transición hacia nuevas economías. Hay experiencias, rutas y horizontes diversos; lo que necesitamos ahora es sostener la transformación el tiempo suficiente como para que algo nuevo pueda emerger.
Para que la sostenibilidad no quede limitada a una decisión frente a una góndola, necesitamos involucrarnos en todos los escenarios y papeles posibles: la política, las empresas, las cámaras, las instituciones educativas, religiosas y espirituales. Pero, sobre todo, en las comunidades. Quizás ese camino parezca más lento, pero cuando las comunidades empiezan a caminar hacia otro lugar, tarde o temprano el mundo las sigue.
Frente a la crisis socioambiental, ¿qué experiencias o cambios concretos que estén surgiendo en América Latina te permiten pensar que otra relación con la naturaleza y la economía es posible?
América Latina está llena de experiencias que muestran que otras formas son posibles: economías regenerativas, empresas de impacto, comunidades que cuidan sus territorios, nuevas legislaciones socioambientales, cooperativas, modelos agroecológicos y una generación que ya no acepta separar economía, sociedad y naturaleza. Muchas voluntades están trabajando en la transición, demostrando que vale la pena intentarlo, hacer el esfuerzo.
Pero, desde ya, no creo que exista una única alternativa que vaya a reemplazar al sistema actual. Creo más en un bosque de soluciones: distintas experiencias conectadas que empiezan a mutar, desde muchos lugares a la vez, nuestra manera de producir, relacionarnos y habitar.
¿Dónde seguir oportunidades para invertir en proyectos con impacto?
Una lectora de Otra Economía nos preguntó cómo enterarse de próximas Obligaciones Negociables vinculadas a proyectos con impacto social y ambiental. Desde nuestro Comité Editorial nos recomendaron seguir el panel de bonos sociales, verdes y sustentables de BYMA, donde se reúnen este tipo de emisiones.
Para participar de una ON es necesario contar con una cuenta comitente. En muchos casos, además, las emisiones se anuncian pocos días antes de salir al mercado, por lo que también conviene seguir las redes y canales de las organizaciones y empresas que suelen financiarse de esta manera.
Panel de bonos SVS de BYMA: https://www.byma.com.ar/financiarse/productos-esg/bonos-svs
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Hasta el martes,
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