En Puerto Madryn, en el norte de la Patagonia argentina, entre pingüinos, ballenas y lobos marinos, Ricardo Carral y Lorena Pritchard recorren la costa con una misión que sostienen desde hace años: retirar residuos y dejar un mensaje sobre el cuidado del ambiente. Son conocidos como los “Guardianes Silenciosos del Mar”. Su tarea combina deporte, compromiso ambiental y educación.
La jornada comienza alrededor de las 10 de la mañana. Ricardo se coloca el traje de neopreno, entra en calor y sale a recorrer la costa con un balde. Corre por encima de los médanos recogiendo los residuos que encuentra. Completa el trayecto y, al regresar, deposita la basura en los contenedores correspondientes. Después vuelve por la línea de marea, esta vez buscando los microplásticos y otros residuos que el mar deja en la costa. Al llegar al punto de partida, deja lo recolectado y se prepara para una nueva etapa: vuelve a recorrer el mismo trayecto, pero nadando.
El recorrido se repite una y otra vez. “En conclusión, son tres corridas por una de natación. Las tres veces que paso por los mismos lugares, las tres veces retiro basura”, sostiene. La explicación de esa insistencia está en una regla sencilla que ellos observan en cada jornada: “Hay una ley fundamental universal: todo lo que no es del mar, el mar lo devuelve”.
“El nombre original, puesto por una periodista local, es Guardianes Silenciosos del Mar, porque nuestra idea es correr, nadar y bucear recolectando todos los residuos. Queremos dejar un mensaje positivo y silencioso”, cuenta Ricardo, buzo del Ejército.
Ricardo comenzó esta tarea hace 18 años y Lorena lo acompaña desde hace nueve. En verano pueden correr entre 14 y 15 kilómetros y nadar otros cinco, dependiendo de las mareas y de la temperatura del agua.
La jornada puede extenderse entre cinco y seis horas. Después llega un momento para disfrutar del mar, pero la satisfacción, dicen, aparece mucho antes: “Ya te sentís realizado y feliz porque cumpliste el objetivo”.
“Llevo casi un tercio de mi vida dedicado al mar, al ambiente y al deporte”, resume Ricardo, quien encuentra en la actividad física valores que también aplica a su tarea ambiental. Admirador de Lionel Messi, destaca de él la constancia, la perseverancia, la humildad y el respeto: “Se pueden hacer las cosas bien”. También tiene como referentes a Ernest Shackleton por la travesía de supervivencia en la Antártida y a Jacques Cousteau.
El encuentro que cambió todo
La historia de los Guardianes Silenciosos del Mar comenzó con un encuentro que Ricardo todavía recuerda con claridad. “Un día, nadando, me encontré con una cría de ballena franca austral. El ballenato tenía una bolsa gigante de nylon, de esas utilizadas para la construcción, enganchada en sus callosidades y en la cabeza. Logramos retirársela y, a partir de ahí, empezamos a pensar en el mar Argentino como sujeto de derechos”.
El trabajo comenzó de manera casi artesanal: primero fueron unos metros de costa y una pequeña bolsa para recoger los residuos. Con el tiempo, la cantidad de basura aumentó y también las dimensiones de la tarea. “Empezamos unos metros con una bolsita; ahora usamos un balde y próximamente vamos a tener que tener un carrito. La ciudad creció el doble en 20 años y también creció la basura”.
Pero para Ricardo hay algo que debería crecer todavía más: la educación ambiental. “Lo que no entendemos es por qué no crece de la misma manera la educación. Por eso, además de limpiar las playas, vamos a jardines, escuelas y centros de jubilados. Siempre damos una charla, informamos y formamos”, asegura el buzo del Ejército.
La intención es generar conciencia, pero también fortalecer el vínculo de los habitantes con el lugar que habitan. “Como ciudad costera tenemos la necesidad de que la gente conozca el lugar donde vive y logre ese sentido de pertenencia”, dice.
Para ellos, el deporte es una herramienta más dentro de esa tarea. “Es una gran combinación: el deporte con un medio ambiente sano, sustentable y responsable. Es un derecho humano que tienen todos los ciudadanos y que debemos respetar. Hay que mantener un equilibrio entre las necesidades del ser humano y las del mar Argentino. Si mantenemos ese equilibrio, estamos perfectos”.
“Somos los dos unos enamorados de la naturaleza y del deporte. Es algo que nos motiva y que nos deja tranquilos saber que aportamos nuestra gotita de agua al océano”, agrega Lorena.
Desde una heladera hasta microplásticos
La variedad de residuos que encuentran muestra la dimensión del problema. “Hemos sacado cualquier cosa, desde una heladera y restos de autos hasta toallitas femeninas. Luego, aparecen los cigarrillos, ropa, bolsas de nylon y botellas”, enumera Ricardo.

También recuperan anteojos, juguetes, gorros y otros objetos que pueden volver a manos de sus dueños. “Eso lo publicamos y, si los dueños no los retiran, después de un tiempo los donamos a centros de jubilados, escuelas u hospitales. También hay gente que me pide las botellas y otra que me pide los cajones de pesca. En esos casos acordamos un lugar preciso y ellos los retiran”, explica Ricardo.
La tarea, además, está acompañada por un registro. Los Guardianes Silenciosos llevan datos de los residuos que encuentran y de las cantidades que retiran. Según sus estimaciones, entre el 2% y el 5% de los residuos que recolectan corresponden a la actividad portuaria, mientras que el resto proviene de otras fuentes.
La cantidad también varía de acuerdo con las condiciones climáticas. “Estamos retirando entre 40 y 60 kilos de basura y hay días que sacamos hasta 200 kilos, según el viento”, cuenta Ricardo.
Los días de viento norte pueden ser especialmente intensos. “Es un viento con muchas olas y, además, con toda la actividad portuaria aparecen cabos de pesca, cajones, redes, botellas y plástico. Entonces nos lleva mucho tiempo”, detalla.
El resultado de todo un año permite dimensionar el trabajo. Según sus registros, durante 2025, solamente en la costa céntrica de Puerto Madryn, retiraron 16.300 kilos de residuos.
La limpieza de las playas es apenas una parte de la tarea. Para Ricardo y Lorena, el objetivo también es que cada residuo recogido se convierta en una oportunidad para hablar sobre el ambiente. Por eso llevan su experiencia a instituciones, clubes, comedores, jardines, escuelas y universidades. Van allí donde los convocan para contar lo que encuentran en la costa, explicar el impacto de los residuos y promover hábitos más responsables.
