¡Hola! Hace tiempo que me interesa mirar la alimentación más allá de lo que llega al plato. Detrás de cada alimento hay decisiones sobre el territorio, el acceso al agua, el trabajo local, las tradiciones culturales y las posibilidades concretas de que una comunidad pueda sostenerse. En un contexto donde los sistemas alimentarios suelen concentrarse cada vez más, me interesó conocer proyectos que, desde distintas escalas y regiones del país, buscan reconstruir otra relación con la producción y el consumo.
Frutillas del viento: producir alimentos en la estepa patagónica con energías renovables

En la Patagonia, un grupo de organizaciones comenzó a preguntarse si era posible producir alimentos frescos de manera sostenible. La iniciativa nació en Chubut de la mano de la Fundación 500 RPM y el INTA Esquel. El proyecto comenzó a gestarse en 2017, cuando ambas organizaciones empezaron a trabajar sobre usos productivos de las energías renovables en zonas rurales aisladas. La preocupación inicial no era solamente energética. Buscaban encontrar formas de que las familias rurales pudieran mejorar sus ingresos y sostener sistemas de abastecimiento más estables.
“Instalar energía solamente para iluminar una casa era muy costoso y difícil de sostener”, explicó Luciana Proietti, presidenta de la Fundación 500 RPM. “Entonces pensamos en usos productivos que pudieran generar un impacto económico concreto”.
Después de analizar distintas posibilidades, encontraron en la horticultura una alternativa viable. El gran desafío era cómo llevar agua hacia zonas donde no existía infraestructura eléctrica estable. La respuesta apareció en forma de aerogeneradores y sistemas solares que permiten bombear agua para riego.
La primera experiencia fue una pequeña huerta abastecida con energía eólica. Con el tiempo, el proyecto empezó a especializarse en frutillas, un cultivo de alto valor comercial que además tiene origen patagónico y se adapta bien a las condiciones climáticas de la región.
La apuesta era ambiciosa: desarrollar unidades productivas en zonas donde incluso existían localidades que nunca habían tenido huertas comunitarias ni producción hortícola sostenida. “Había pueblos donde la gente no creía posible cultivar”, contó Proietti. “Ver que alguien lograba sacar frutillas en medio de la estepa empezó a generar un efecto contagio”.
El programa comenzó formalmente con productores de frutilla en 2021. Ese año trabajaron con dos familias. Luego se fueron sumando más experiencias y, tras obtener financiamiento de la Unión Europea, el proyecto dio un salto. Hoy trabajan con 23 unidades productivas distribuidas en distintas localidades de la estepa chubutense.
Cada productor inicia con entre mil y tres mil plantas de frutilla y, si el proceso funciona, puede escalar hasta cinco mil plantas. El modelo se basa en una especie de “incubación productiva”, donde las organizaciones acompañan tanto la producción como la formación técnica.
Uno de los principales desafíos no fue solamente producir, sino comercializar. Muchas de las familias viven en zonas alejadas, con caminos de ripio difíciles y problemas de transporte. Eso llevó a repensar la estrategia inicial, que estaba centrada únicamente en frutillas.
“Nos dimos cuenta de que también hacía falta diversificar alimentos para consumo local”, explicó Joaquín González Cosiorovski, director de Programas de Ambiente de Fundación Alimentaris. Así comenzaron a incorporar otros cultivos como lechuga, rúcula, espinaca, zapallo y papa.
La articulación con Fundación Alimentaris sumó además una mirada vinculada a los sistemas alimentarios y al arraigo territorial. Desde la organización comenzaron a trabajar no solo en la producción, sino también en el vínculo entre alimentación, comunidad y permanencia de las familias en zonas rurales.
“Nos interesaba pensar la alimentación como hecho social, no solamente como producto”, señaló González Cosiorovski. “En estos territorios, producir alimentos también significa generar posibilidades para que las personas puedan quedarse”.
El proyecto también incorporó trabajo con escuelas rurales y técnicas. En distintas localidades comenzaron a instalar huertas demostrativas y espacios de formación donde estudiantes aprenden sobre producción hortícola, energías renovables y construcción de aerogeneradores.
Las escuelas técnicas, además, fabrican parte de los aerogeneradores que luego se utilizan en los campos. La idea es que el conocimiento quede instalado en las propias comunidades y no dependa exclusivamente de actores externos.
En paralelo, el equipo empezó a experimentar con prácticas de agricultura regenerativa. Algunas escuelas están probando el uso de mulch de lana de oveja, cercos con plantas nativas para atraer polinizadores y otras técnicas orientadas a reducir el impacto ambiental.
Otro de los desarrollos surgidos dentro del proyecto fue un sistema de bombeo adaptado junto a la Universidad Nacional de Río Cuarto. A partir de una bomba utilizada habitualmente en la Patagonia y motores eléctricos similares a los de bicicletas eléctricas, lograron reducir el tamaño de los bancos de baterías y abaratar costos.
La energía renovable modifica directamente la vida cotidiana de las familias rurales. Muchos productores dependían anteriormente de grupos electrógenos alimentados con combustible, cuyo traslado hacia zonas aisladas implicaba altos costos y dificultades logísticas.
“Ahora saben que no dependen solamente de conseguir combustible para poder regar”, explicó Proietti. En algunos casos, además, los sistemas híbridos eólicos y solares permiten abastecer parcialmente otras necesidades energéticas de las viviendas.
En varias localidades comenzaron a aparecer nuevas huertas familiares luego de que vecinos vieran funcionar las primeras experiencias. “La gente empezó a hacer pozos y probar”, relató Proietti.
El proyecto también busca fortalecer la comercialización y la gestión económica de las unidades productivas. Actualmente están desarrollando capacitaciones específicas para acompañar a los productores en temas vinculados a emprendimientos y administración.
Aunque el foco principal sigue estando en Chubut, quienes impulsan la iniciativa creen que el modelo podría replicarse en otras regiones áridas del país. “Si funciona en la Patagonia, puede funcionar en muchos otros lugares”, sostuvo Proietti.
La Clínica de Alimentos: acompañar a pequeños productores para fortalecer mercados locales
Para muchas pequeñas unidades productivas, que elaboran alimentos de manera artesanal en distintos puntos del país, acceder a mercados formales sigue siendo un desafío. Regulaciones complejas, dificultades técnicas y falta de información suelen convertirse en barreras para emprendimientos. Con esa preocupación surgió la Clínica de Alimentos, una iniciativa impulsada por Comunidad SAS, iniciativa de Fundación Alimentaris, junto al INTI que busca acompañar a productores de alimentos en temas vinculados al etiquetado, la calidad nutricional y la formalización de productos.
“La idea era democratizar herramientas que normalmente son muy difíciles de acceder para pequeños productores”, explicó Sol Laje, directora de programas de comunidad de Fundación Alimentaris.
La propuesta combina capacitaciones, diagnósticos técnicos y consultorías personalizadas. Productores de distintas provincias pueden enviar sus productos para recibir devoluciones sobre rotulado, composición nutricional y aspectos regulatorios.
Uno de los ejes centrales es fortalecer alimentos vinculados a identidades regionales y economías locales. En la edición anterior participaron emprendimientos que trabajaban con ingredientes tradicionales como algarroba, chañar y mistol. El proyecto terminó generando incluso un impacto inesperado: esos ingredientes fueron incorporados al Código Alimentario Argentino, lo que habilita formalmente su utilización y comercialización dentro del sistema alimentario nacional. “Eso permitió que muchos productos puedan venderse legalmente y formalizar procesos que antes quedaban por fuera”, señaló Laje.
La mayoría de las experiencias participantes están lideradas por mujeres y muchas surgieron durante la pandemia como formas de sostener ingresos familiares. Para quienes impulsan la iniciativa, fortalecer estas redes también implica fortalecer economías regionales y circuitos de producción más cercanos. En este momento, se esta llevando a cabo la edición 2026.
Cocineros del Iberá: recuperar la cocina regional
En los Esteros del Iberá, la gastronomía comenzó a convertirse en una herramienta para recuperar identidad cultural y generar desarrollo local. Así nació la Red de Cocineros del Iberá, una articulación que reúne a cocineros y emprendimientos gastronómicos de distintas localidades correntinas.
“La iniciativa surgió cuando el turismo empezó a crecer en la región y gran parte de la oferta gastronómica se limitaba a comidas estandarizadas, con platos como milanesas, hamburguesas y pizza, en lugar de cocina regional.”, cuenta Estefanía Cutro, coordinadora de la red.
El objetivo fue revalorizar recetas, ingredientes y saberes tradicionales vinculados a la cultura correntina y guaraní. Hoy participan entre 30 y 40 personas de distintas generaciones que impulsan propuestas gastronómicas basadas en productos regionales.
La red trabaja para que cada portal de acceso al Iberá tenga al menos una propuesta de cocina local. Más allá del atractivo natural de los esteros, buscan que la gastronomía también sea parte de la experiencia turística y cultural de la región.
El proyecto es un programa del Estado provincial, que depende del Ministerio de Turismo de Corrientes. Según Cutro, este acompañamiento institucional es clave para la sostenibilidad de los emprendimientos, especialmente en un contexto de crisis del turismo receptivo en Argentina.
Además de generar trabajo e ingresos vinculados al turismo, el proyecto busca preservar prácticas alimentarias tradicionales y sostener la demanda de cultivos regionales que forman parte de esas cocinas locales.
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Earth 4 All: acciones concretas para transicionar a una Argentina menos desigual
Recientemente, se presentaron los resultados del informe “Earth 4 All” (Tierra para todos) en Argentina. El mismo fue elaborado por el Capítulo Argentino del Club de Roma en conjunto con Fundación Alimentaris. Retomando un enfoque sistémico, con mirada local y el aporte de diferentes profesionales de diferentes áreas, el documento identifica caminos posibles para reducir la pobreza y fortalecer la resiliencia a largo plazo en Argentina. Lee la nota de Melisa Gabbanelli acá.
Hasta aquí llegamos hoy. Los leo en [email protected]
Hasta el martes,
Flor.