Organizaciones que cuidan: cuatro experiencias que entienden el cuidado como una tarea colectiva
Florencia Tuchin
septiembre 15, 2026

¡Hola! Cuando hablamos de cuidados, solemos pensar en las tareas que se realizan dentro de los hogares y que recaen mayoritariamente sobre las mujeres. Esta vez quisimos ampliar la mirada y preguntarnos qué significa cuidar desde una organización. ¿Cómo se convierte esa intención en programas y decisiones concretas? ¿Cómo se promueve la autonomía de quien recibe apoyo? ¿Quién cuida a las personas que cuidan? Las experiencias de cuatro organizaciones muestran que el cuidado no puede sostenerse en soledad: necesita formación, recursos, redes y una escucha permanente de las personas involucradas.


Organizaciones que cuidan: cuatro experiencias que entienden el cuidado como una tarea colectiva

¿Qué hace que una organización cuide? La respuesta no se limita a la población con la que trabaja ni a los servicios que ofrece. También se expresa en la manera en que mira a las personas, distribuye responsabilidades, acompaña a sus equipos y se relaciona con familias, empresas, organismos públicos y otras organizaciones sociales. Ese fue el eje del precongreso “Organizaciones que cuidan. Conversaciones en torno al cuidado”, organizado por el Centro para el Estudio de las Relaciones Interpersonales de la Universidad Austral el 20 de agosto en la Legislatura porteña. El encuentro reunió experiencias vinculadas con personas mayores, discapacidad, primera infancia, cuidados paliativos e inclusión social.

Una primera coincidencia aparece al definir el cuidado: cuidar no significa decidir o hacer todo por otra persona. Implica ofrecer los apoyos necesarios para que pueda conservar o desarrollar su autonomía. “Cuidar no es un acto asistencialista. Es el reconocimiento pleno y concreto de la persona tal cual es, como sujeto de derechos, y darle los apoyos que requiera para que pueda desarrollarse de la manera más autónoma e independiente posible”, explica Pedro Crespi, director ejecutivo de Fundación DISCAR.

La organización trabaja con personas con discapacidad intelectual mediante programas de bienestar, arte y cultura, inclusión laboral y vida independiente. Cuenta con 19 talleres de distintas disciplinas, entre ellas radio, teatro, música, lectura y artes visuales. No se presentan como espacios terapéuticos, sino como oportunidades para expresarse, adquirir herramientas y desenvolverse en la comunidad.

Su programa de empleo con apoyo articula con las personas con discapacidad, sus familias y las empresas. Actualmente mantiene 140 procesos de inclusión laboral activos y, a lo largo de su trayectoria, acompañó más de 1.000. Además, 31 empresas participan de la iniciativa.

Para Crespi, la buena voluntad no alcanza. La inclusión necesita procesos profesionales de selección, inducción y seguimiento, además de una definición clara del puesto y sus competencias. “Esto no es un acto de solidaridad. Es dar una oportunidad laboral para un puesto que va a generar valor, también valor productivo”, sostiene.

El apoyo debe mantenerse durante toda la trayectoria laboral porque cambian las personas, los equipos y las formas de trabajo. También pueden aparecer nuevas necesidades. “Hay que cuidar a la persona, a la familia y a la empresa. Hay que cuidar esos tres pilares en red; si no, no hay un modelo sostenible de inclusión”, resume Crespi.

El cuidado también puede llegar antes

La autonomía ocupa igualmente un lugar central en el trabajo de la Fundación Navarro Viola, aunque su experiencia permite incorporar otra dimensión: el cuidado no debería comenzar únicamente cuando aparece una enfermedad o una situación de dependencia. “Se asocia mucho el cuidado con hacer por el otro o reemplazarlo. Las organizaciones que trabajamos en estos temas buscamos potenciar lo más posible la autonomía de esa persona”, señala Magdalena Saieg, directora ejecutiva de la fundación.

En el área de personas mayores, la organización impulsa una agenda de actividades culturales, recreativas y formativas. Durante 2026, más de 1.000 personas participaron de propuestas como yoga, mindfulness, ajedrez, teatro y baile. A esto se suma Voluntariado +60, un programa que promueve que las personas mayores continúen contribuyendo con sus comunidades. “Gran parte del bienestar tiene que ver con sentir que tengo algo para dar, que puedo y que todavía alguien me necesita. Cuidar también tiene que ver con construir vínculos”, explica Saieg.

La mirada supone cuestionar las representaciones que equiparan automáticamente vejez, enfermedad y dependencia. Las necesidades no son homogéneas y la edad cronológica tampoco alcanza para definirlas. Una persona de 90 años puede tener mayor autonomía que otra de 65. Por eso, la fundación busca medir dimensiones como la autonomía, la soledad no deseada, la discriminación por edad, los hábitos y la participación social.

En primera infancia, la organización desarrolla junto con gobiernos locales el programa Primera Infancia Primero. Durante veinte semanas, equipos municipales acompañan a madres, padres, abuelos, tíos y otros cuidadores de niñas y niños de hasta cinco años. Al inicio y al cierre evalúan aspectos como el tiempo de exposición a pantallas, el juego y la lectura para conocer si cambiaron las prácticas de crianza.

En ambos extremos de la vida aparece una misma conclusión. “Es muy difícil cuidar solo, casi imposible. Necesariamente hay que pensar los cuidados como un ecosistema, con municipios, organizaciones sociales, universidades y voluntarios”, afirma Saieg.

Cuidar a quienes cuidan

Ese ecosistema también debe reconocer la sobrecarga de las personas que sostienen los cuidados dentro de las familias. Según explica Sebastián Fridman, coordinador general del área de Personas Mayores de AMIA y director de su Centro Integral para Personas Mayores, alrededor del 70% de los cuidados de este grupo se brinda en el entorno familiar. En su mayoría, quienes asumen la tarea son mujeres, particularmente las hijas.

Desde hace cuatro años, AMIA ofrece Camino Compartido, un programa gratuito y virtual dirigido a familiares que cuidan personas mayores. Más de 1.000 personas de distintos lugares de la Argentina y otros países de la región ya participaron. La iniciativa ofrece información, espacios de contención y herramientas para organizar el cuidado cotidiano. Además, produjo dos recursos gratuitos: un manual de orientación para familiares que cuidan a personas mayores, publicado en 2024, y una nueva guía dirigida a familiares y amigos, presentada en 2025. Los materiales reúnen recomendaciones sobre alimentación, medicación, higiene, cuidado de la piel y estimulación cognitiva, entre otras situaciones habituales.

“El burnout está a la vuelta de la esquina. Destinar tantas horas al cuidado, relegar proyectos personales y afrontar el impacto concreto que eso tiene sobre la salud hace que desarrollar herramientas de autocuidado sea central”, advierte Fridman.

El programa también se lleva a empresas interesadas en acompañar a integrantes de sus equipos que tienen responsabilidades familiares. Para AMIA, las organizaciones suelen reconocer con mayor facilidad las necesidades asociadas a la crianza de niñas y niños, mientras que el cuidado de personas mayores todavía permanece menos visible en el ámbito laboral.

La institución complementa ese acompañamiento con CuidAMIA, un servicio que intermedia entre las familias que necesitan cuidados domiciliarios y las personas capacitadas para brindarlos. Su base reúne a más de 15.000 cuidadoras y recibe alrededor de 1.000 consultas mensuales. Antes de realizar la vinculación, el equipo asesora a cada familia para identificar qué apoyo necesita. No requiere lo mismo una persona que busca compañía para realizar trámites que otra que atraviesa una enfermedad o un proceso de dependencia. También orienta a las trabajadoras acerca de sus derechos y condiciones laborales.

La iniciativa se articula con el curso de asistentes gerontológicos que AMIA dicta desde hace 32 años. La formación tiene más de 400 horas de contenidos teóricos y prácticos y cuenta con certificación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Más de 4.000 personas completaron la capacitación.

Verónica Mizrahi, responsable de Alianzas Estratégicas del Servicio de Empleo AMIA, estima que cerca del 90% de las personas dedicadas a esta tarea son mujeres. “Profesionalizar el mundo de los cuidados tiene que ver con lograr que estas mujeres accedan a empleos de calidad, que reconozcan su propia tarea como un trabajo y puedan esperar que sea retribuida de manera acorde”, plantea Mizrahi. “Es mucho más que la formación. Se trata de brindar una estructura que les permita desarrollar su propia carrera laboral”.

El desafío también es cultural. Frente a una urgencia, muchas familias recurren a recomendaciones informales antes que a un servicio profesional de búsqueda y selección. “De repente se cayó mi mamá y la pregunta es: ¿qué hago? Es salir corriendo a meterse en un mundo que quizás no se conoce”, describe Mizrahi. Visibilizar la preparación de quienes cuidan y el valor de una selección adecuada es, por eso, parte del trabajo.

Fridman identifica además una desconexión entre los distintos niveles del sistema. El problema se vuelve visible, por ejemplo, cuando una persona recibe el alta hospitalaria y su familia debe organizar, casi sin orientación, la continuidad de los cuidados en el domicilio. “Todavía hay una gran desarticulación entre los diferentes servicios existentes. Tenemos que seguir trabajando en red”, sostiene.

Una casa que cuida a la persona y a su familia

El Hospice Buen Samaritano acompaña a personas que atraviesan enfermedades avanzadas mediante cuidados paliativos. Su trabajo se desarrolla en una casa situada en Pilar, pero también en hospitales públicos y domicilios particulares. “La cultura hospice es un modo de cuidar y acompañar. El hospice no es solamente la casa, sino una manera de mirar a la persona en su integralidad y de considerar a todo su núcleo familiar como una unidad de cuidado”, explica María Victoria Olcese, integrante de la Comisión Directiva de la organización y voluntaria desde 2012.

“Nosotros cuidamos a la familia para que pueda cuidar a esa persona. Se arma como un triángulo de cuidado”, describe Olcese. Acompañar, agrega, significa “ir de la mano de la persona y caminar juntos lo que haya que caminar en ese momento”.

La organización cuenta con 176 voluntarios distribuidos entre la casa, consultorios y visitas domiciliarias. Prácticamente toda la comunidad trabaja de manera voluntaria, incluida su directora.

¿Cómo se cuida a quienes conviven diariamente con la enfermedad avanzada y el final de la vida? Olcese señala que la apertura al diálogo y la escucha permiten compartir las situaciones difíciles. La convivencia entre momentos de gran profundidad emocional y acciones cotidianas también ayuda a procesar lo vivido.

La experiencia dejó un aprendizaje que considera aplicable a otras instituciones: “Para poder cuidar bien, hay que llevar primero esa cultura de cuidado hacia el interior de la organización. Tiene que ser algo que se transmita haciendo”.

El hospice trabaja con organizaciones barriales, el Municipio de Pilar, hospitales públicos, la Universidad Austral y empresas donantes. Todo su financiamiento proviene de donaciones. Una cena anual aporta cerca del 60% de los recursos necesarios para funcionar.

Las limitaciones aparecen cuando las condiciones habitacionales o la ausencia de una red familiar dificultan la continuidad del cuidado en el domicilio. También faltan médicos y enfermeros especializados para ampliar este tipo de atención. “No se puede hacer solo. Hay que aprender a pedir ayuda y a contar con el vecino, las instituciones y las organizaciones que uno tiene cerca”, sostiene Olcese.

Redes, recursos y escucha

Las cuatro experiencias trabajan con poblaciones y momentos vitales diferentes, pero comparten varios aprendizajes. El primero es que cuidar no equivale a sustituir la voluntad de la otra persona. El desafío consiste en reconocerla como protagonista, escuchar sus necesidades y ofrecerle apoyos para que pueda tomar decisiones y conservar la mayor autonomía posible.

El segundo es que el cuidado produce efectos sobre quien lo recibe, pero también sobre familiares, trabajadores y voluntarios. Si las organizaciones no contemplan la sobrecarga, el desgaste emocional y la necesidad de descanso, corren el riesgo de reproducir dentro de sus propios equipos aquello que buscan transformar.

El tercero es que ninguna organización puede responder por sí sola. La atención sanitaria, el acompañamiento emocional, la inclusión laboral, la formación, la participación comunitaria y el sostenimiento económico dependen de distintos actores. La red no es un complemento del cuidado, sino una condición para hacerlo posible.

También persisten obstáculos: financiamiento insuficiente, falta de profesionales, escasez de información confiable para diseñar políticas públicas, dificultades habitacionales, fragmentación entre servicios y una valoración todavía limitada del trabajo de quienes cuidan.

Frente a una sociedad con necesidades cada vez más diversas, las respuestas tampoco pueden permanecer estáticas. “El mayor aprendizaje es no casarse con una idea”, concluye Saieg. “Estamos en medio de una transformación que nos obliga a estar todo el tiempo atentos a lo que nos traen las personas con las que trabajamos”.


Quiénes financian el impacto en Argentina y hacia dónde va el dinero

El Mapeo de Inversión de Impacto en Argentina 2023-2024 registró 214 operaciones por US$ 41,6 millones. El 22 de octubre se conocerán los resultados de la nueva edición, con datos de 2025. Lee la notaacá.

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Una nueva guía ofrece herramientas para orientar la inversión social privada hacia el bien público

Una lectora de Otra Economía nos preguntó cómo enterarse de próximas Obligaciones Negociables vinculadas a proyectos con impacto social y ambiental. Desde nuestro Comité Editorial nos recomendaron seguir el panel de bonos sociales, verdes y sustentables de BYMA, donde se reúnen este tipo de emisiones.

Para participar de una ON es necesario contar con una cuenta comitente. En muchos casos, además, las emisiones se anuncian pocos días antes de salir al mercado, por lo que también conviene seguir las redes y canales de las organizaciones y empresas que suelen financiarse de esta manera.

Panel de bonos SVS de BYMA: https://www.byma.com.ar/financiarse/productos-esg/bonos-svs


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Mujeres detenidas participaron en la creación de un espacio de visitas para las infancias en un penal argentino

Un nuevo espacio al aire libre destinado a niñas y niños que visitan a sus madres comenzó a funcionar en el anexo femenino de la Unidad 47 del Penal de San Martín, en la provincia de Buenos Aires. La iniciativa fue desarrollada de manera conjunta por las mujeres detenidas, la Asociación Civil Ingeniería Sin Fronteras Argentina (ISF-Ar), el Centro Universitario San Martín (CUSAM), el Servicio Penitenciario Bonaerense y la Municipalidad de San Martín.

El patio surgió a partir de un proceso de diseño participativo que incluyó talleres, encuestas y entrevistas a las mujeres privadas de libertad, junto con el trabajo de un equipo interdisciplinario. El espacio cuenta con juegos de uso colectivo, entre ellos una calesita, una pequeña cancha de fútbol, rayuela, un tubo mensajero, un animalario y un juego de agua de pared, además de un mural, bancos, plantas y otros elementos destinados a mejorar las condiciones de las visitas.

Durante el proceso, 25 mujeres de los cuatro pabellones recibieron formación técnica en albañilería, pintura y muralismo y participaron de las tareas de construcción. Según la gacetilla, la propuesta buscó combinar el bienestar de las infancias con la incorporación de herramientas para la reinserción social de las mujeres detenidas.

“Su sentido surgió de las propias mujeres, quienes desde el primer momento expresaron que lo que deseaban era que sus hijas e hijos, nietas y nietos, pudieran ingresar a un mundo en el que no se dieran cuenta de que era una cárcel”, expresó Estela Cammarota, presidenta de Ingeniería Sin Fronteras Argentina. Patricia Tévez, presidenta de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (ACIFaD), destacó que las familias suelen atravesar largos traslados, esperas y requisas antes de poder compartir algunas horas con sus familiares privados de libertad.

En Argentina se estima que más de 200.000 niñas, niños y adolescentes viven en hogares donde algún integrante de la familia está privado de libertad y que el 70,1% se encuentra por debajo de la línea de pobreza. La gacetilla señala que las visitas a madres, tías o abuelas suelen incluir largas esperas, requisas, infraestructura deteriorada y falta de espacios que favorezcan el juego y el bienestar. En el anexo femenino de la Unidad 47 viven alrededor de 100 mujeres de entre 20 y 45 años.

La experiencia tiene como antecedente un trabajo iniciado en 2019, cuando el CUSAM convocó a Ingeniería Sin Fronteras Argentina para intervenir en la Unidad 46 del mismo penal. Allí se desarrolló un proyecto de refacción y ampliación de los espacios de visitas y, tras la inauguración del patio del anexo femenino de esa unidad en 2024, comenzó el trabajo en la Unidad 47.


Hasta aquí llegamos hoy. Los leo en [email protected]

Hasta el martes,

Flor.