Cuando el crédito se basa en la confianza
Florencia Tuchin
febrero 3, 2026

¡Hola! ¿Qué pasa cuando el sistema financiero tradicional deja afuera a una parte cada vez más grande de la población? La semana pasada conversé con el equipo de Nuestras Huellas, una organización social que desde 2002 trabaja en barrios del primer y segundo cordón del conurbano bonaerense fortaleciendo las economías familiares y los proyectos de vida. La charla giró en torno a una experiencia concreta: los bancos comunales, una herramienta donde el crédito no se apoya en bienes materiales sino en la confianza entre personas.


Cuando el crédito se basa en la confianza

La exclusión financiera en Argentina no es un concepto abstracto. Para muchas personas, acceder a un crédito formal sigue siendo imposible: no hay recibo de sueldo, no hay historial crediticio, no hay garantías que ofrecer. En ese vacío, los bancos comunales aparecen como una alternativa concreta, basada en una lógica distinta.

Nuestras Huellas trabaja en 9 distritos y 42 barrios del Área Metropolitana de Buenos Aires, acompañando a personas que enfrentan problemáticas estructurales como la inequidad social, la dependencia económica, la exclusión financiera, las economías de subsistencia, la baja autoestima, la brecha digital y el bajo nivel de capital social. Frente a ese escenario, su propuesta combina microfinanzas, formación y acompañamiento comunitario.

“El último año fue un año muy complejo y muy desafiante”, resume Maite Sanjuan, la co-directora de Programas de Nuestras Huellas . “No solo desde lo económico. Las personas con las que trabajamos tienen mucha potencia y muchas ganas, pero están excluidas de muchas herramientas. Y los emprendimientos, que suelen ser la salida para generar ingresos, también están atravesados por lo que pasa con el consumo en los barrios”.

En ese contexto, los bancos comunales funcionan como grupos de ahorro y crédito donde las personas se vinculan solidariamente a partir de la confianza. Generan un capital propio, definen un reglamento común, establecen roles y toman decisiones colectivas. No es necesario pedir un crédito para formar parte: el primer paso es querer integrarse a un grupo.

Durante 2024, Nuestras Huellas acompañó a 70 grupos (bancos comunales y grupos solidarios), impactando en aproximadamente 485 personas y sus familias. En ese período, otorgó $80.300.000 en microcréditos, destinados en un 83% a emprendimientos productivos y en un 17% a mejoras en la vivienda. Además, los grupos generaron $71.176.679 en ahorros propios, un dato clave para entender la autonomía que promueve el modelo.

“Acompañamos al inicio, pero el objetivo es que los grupos puedan sostenerse con sus propios ahorros y decisiones. Que el crédito sea apenas la puntita del iceberg”, dice Sanjuan

Uno de los datos que más llama la atención es la tasa de repago, que ronda el 98%. Desde la organización lo atribuyen al vínculo. “No es la capacidad de pago lo que explica ese número”, señala María Paz González, directora ejecutiva. “Tiene que ver con el sentido de pertenencia, con el vínculo entre las personas y con la relación de confianza con la organización”.

En los bancos comunales no hay garantías patrimoniales. “La garantía somos las personas”, dicen. El crédito se basa en la palabra, en el compromiso asumido frente al grupo. “La palabra crédito viene de creer”, recuerdan. “Nos miramos a los ojos y sostenemos lo que decimos”.

La confianza, sin embargo, no es un valor abstracto. Se traduce en prácticas concretas: reuniones periódicas, roles definidos, horarios, responsabilidades, reglas claras y transparentes. También en la posibilidad de decir “no puedo pagar” sin que eso implique una sanción automática. “Esa confianza de poder decir lo que pasa fortalece al grupo”, explica Sanjuan. “Después vemos juntas cómo resolverlo”.

El impacto del modelo va mucho más allá del dinero. El 97% de las personas que participan son mujeres, en su mayoría entre 30 y 50 años, con trayectorias laborales marcadas por la informalidad. Los emprendimientos son variados: comida, costura, peluquería, estética, kioscos, artesanías. El proceso suele tener puntos en común: mejora en la administración de la economía familiar, mayor planificación, aumento del ahorro y fortalecimiento de la autoestima.

Desde Nuestras Huellas explican que hoy se evalúa con más atención cuándo tomar un crédito y cuándo no. “No siempre pedir plata es la mejor opción”, cuentan. “A veces hay que frenar, mirar el contexto y buscar otras estrategias”.

De cara al futuro, el desafío no pasa solo por crecer en cantidad. “Escalar no es solo dar más créditos”, reflexiona Sanjuan. “Tiene que ver con trabajar en red, fortalecer el capital social y multiplicar estas experiencias. Nosotras no vamos a cambiar todo solas, pero hacemos nuestra parte”.

En tiempos donde el sistema financiero expulsa y el individualismo gana terreno, los bancos comunales muestran que otra economía no se construye solo con números, sino con vínculos. Cuando el dinero deja de ser una carga individual y se convierte en una herramienta colectiva, la confianza deja de ser un discurso y se vuelve infraestructura.


Comer en deuda: el rol de los comedores frente a la inseguridad alimentaria

Garantizar el acceso a los alimentos, recae cada vez más en los comedores comunitarios, escolares y otros espacios que se despliegan en cada territorio, cubriendo las demandas y dando respuestas, cuando el Estado se retira. A cargo de muchos de ellos, están las mujeres de los barrios populares que “hacen magia” para garantizar los platos de comida para las familias, con los escasos recursos que tienen. En algunos casos con pocos kilos de arroz o fideos, crean platos abundantes como guisos o cazuelas que logran saciar el hambre o por lo menos, aplacarla durante unas horas. Lee la nota de Melisa Gabbanelli acá.


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