Garantizar el acceso a los alimentos, recae cada vez más en los comedores comunitarios, escolares y otros espacios que se despliegan en cada territorio, cubriendo las demandas y dando respuestas, cuando el Estado se retira. A cargo de muchos de ellos, están las mujeres de los barrios populares que “hacen magia” para garantizar los platos de comida para las familias, con los escasos recursos que tienen. En algunos casos con pocos kilos de arroz o fideos, crean platos abundantes como guisos o cazuelas que logran saciar el hambre o por lo menos, aplacarla durante unas horas.
Marina Joski, trabajadora de la economía popular y feminista, integrante del movimiento Barrios de Pie es una de las voces referentes en lo que refiere a la soberanía alimentaria. Ella tiene un pie en el territorio y otro puesto en la gestión, difusión y concientización del trabajo invisibilizado que realizan las mujeres que cuidan, en más de 5.000 barrios populares de Argentina.
Barrios de Pie es un movimiento popular que, entre muchas otras acciones, viene realizando informes desde hace más de 15 años, en los cuales releva información sobre el acceso a los alimentos, la periodicidad de la ingesta que realizan las familias y la calidad de los alimentos a los que acceden. Estos informes se despliegan en los más de 5.000 barrios populares que hay Argentina, específicamente localizados en 16 distritos de la Provincia de Buenos Aires. Entre los principales indicadores se da seguimiento a la situación nutricional y alimentaria familiar, el desarrollo integral de bebés, niños, niñas y adolescentes y también se incluye un registro de espacios de cuidados comunitarios.
Uno de los relevamientos de Barrios de Pie en más de 20.000 familias, citados por Joski, muestran una cifra alarmante: el 74% de los hogares necesita endeudarse para cubrir la canasta básica de alimentos. En los barrios populares, esta práctica no responde a una elección financiera, sino a una forma de sostener la vida en contextos de alta presión, a través de préstamos informales. La falta de acceso al crédito formal expone un deterioro profundo en la salud económica y social de las comunidades.
Otros datos muestran que el 87% de las familias atraviesa situaciones de inseguridad alimentaria moderada o severa, un porcentaje que corresponde mayoritariamente a hogares con dos hijos. Esto implica que, al menos, uno de los integrantes de la familia no está comiendo lo suficiente o no accede a una alimentación adecuada en términos de nutrientes necesarios para un desarrollo saludable.
En este contexto, el 81% de las familias redujo su consumo de proteínas y el 82% no logra compensar esa carencia con otros alimentos. Al mismo tiempo, el 76% aumentó la ingesta de hidratos de carbono, una tendencia que se observa con mayor fuerza en niños y niñas de entre 6 y 9 años —quienes registran mayores niveles de sobrepeso y obesidad— y también en las mujeres.
Cuando el dinero no alcanza, los principales recortes se dan en lácteos, verduras, frutas y carnes. Un ejemplo claro de este deterioro en la calidad de la dieta es que el 85% de las familias modificó el tipo de carne que consume, optando por cortes con mayor contenido graso en lugar de carnes magras.
Visibilizar el trabajo de las mujeres, cocineras, cuidadoras y referentes de las comunidades, sigue siendo una deuda pendiente, que Joski se ocupa de sacar a la superficie en cada espacio posible, como lo fue el Segundo Congreso de Políticas Alimentarias en Argentina, que tuvo lugar a fines de noviembre en la ciudad de Mar del Plata. Sobre este punto, la referente profundiza: “No hay política alimentaria, sin la comunidad. Garantizar los cuidados comunitarios y las ollas llenas es nuestra lucha. Estos delantales salieron a las calles para resistir. Salimos con estos guardapolvos en el medio de procesos de persecución política y judicial, como también de represión hacia nuestras compañeras”.
Las mujeres son quienes cargan con la responsabilidad de gestionar la economía familiar. Ellas garantizan el alimento para todos los miembros, aunque esto implique muchas veces reducir la porción o directamente ceder su plato a otro integrante. En la Ciudad de Buenos Aires, según datos presentados recientemente en la Legislatura porteña, el 60% de quienes asisten a los comedores comunitarios, son mujeres.
Frente a este panorama, Joski afirma: “Lo alentador es la herramienta comunitaria que construimos. Seguimos adelante desde la producción de conocimiento popular y desde las redes comunitarias que resisten. Aun en contextos de represión cruda, como los que atravesamos, seguimos produciendo cuidado y conocimiento en las comunidades”.
