Cuando el financiamiento se retrae, la colaboración se vuelve refugio
Florencia Tuchin
diciembre 2, 2025

¡Hola! Una encuesta regional a 73 espacios colectivos revela cómo la contracción de la cooperación internacional está afectando al tejido de la sociedad civil en América Latina y el Caribe. Entre recortes, desgaste y competencia creciente, también emergen nuevas formas de sostenerse colectivamente.


Cuando el financiamiento se retrae, la colaboración se vuelve refugio

Un nuevo informe de Fundación Avina y RACI releva la situación de 73 espacios colectivos en 34 países de América Latina y el Caribe. Son redes, plataformas, observatorios, asociaciones y coaliciones que reúnen a cientos de miles de integrantes y que juegan un rol fundamental en la articulación del sector social. La fotografía que emerge no es alentadora: el 78 por ciento percibe el contexto de la cooperación internacional como negativo o muy negativo. No se trata solo de una sensación. Dos de cada tres espacios que dependen de presupuesto para funcionar atravesaron recortes en los últimos años y muchos anticipan que lo peor llegará cuando los proyectos multianuales no se renueven en 2026.

En medio del ajuste global, los espacios colectivos parecen encontrar en la colaboración una manera de no detenerse. ¿Qué pasa cuando la sostenibilidad se vuelve incierta, pero el trabajo es más urgente que nunca?

La retracción de la Ayuda Oficial al Desarrollo, que cayó 9 por ciento en 2024 y podría reducirse 17 por ciento más en 2025, se suma al cierre abrupto de instituciones clave como USAID y a un clima global marcado por el repliegue del espacio cívico, la polarización y las crisis superpuestas. En este escenario, los espacios colectivos no solo pierden margen financiero: también pierden estabilidad emocional y capacidad de gestión. El 91,8 por ciento reporta algún nivel de impacto en el bienestar de sus equipos. La incertidumbre desgasta, los recortes obligan a operar con planteles mínimos y muchas coordinaciones quedan sostenidas por trabajo ad honorem. De fondo, aparece una sensación de agotamiento que amenaza con volverse estructural.

Los testimonios recogidos en la encuesta ponen palabras a esa tensión: compromisos de cuatro años cancelados de un día para otro, baja disponibilidad de convocatorias alineadas con las agendas locales y dificultades para sostener articulaciones nacionales y territoriales. La situación, sin embargo, no es homogénea. Entre quienes operan sin presupuesto, uno de cada cuatro, el impacto es distinto aunque no necesariamente menor. Trabajar a pulmón hace que cualquier sacudida del contexto político afecte el ánimo colectivo y la continuidad de las acciones.

En este escenario complejo, las organizaciones se están moviendo. La construcción de alianzas se volvió una respuesta recurrente, tanto para aplicar a convocatorias de manera conjunta como para acompañarse mutuamente. También avanzan estrategias para diversificar ingresos y ofrecer nuevos servicios. No es una reacción improvisada: detrás hay una lectura de época. Si la cooperación internacional se retrae, lograr sostener las estructuras mínimas puede depender de compartir infraestructuras, diseñar proyectos en consorcio o apoyarse en otras organizaciones del ecosistema. Incluso quienes se encuentran bajo mayor fragilidad señalan que la colaboración funciona como un amortiguador frente al ajuste.

El informe registra tensiones crecientes asociadas a la competencia por recursos escasos. Varias organizaciones admiten que la presión por sostenerse termina erosionando lógicas históricas de solidaridad. Pero también hay señales en sentido contrario. En algunos espacios, los equipos más afectados reciben apoyo de quienes atraviesan un mejor momento. En otros, las convocatorias y oportunidades circulan de manera más abierta y comienzan a consolidarse consorcios temáticos, fondos colaborativos y comunidades de aprendizaje. La colaboración se vuelve un acto de resistencia frente al desfinanciamiento.

Mirando hacia adelante, la mayoría de los espacios colectivos no espera un alivio en el corto plazo. Anticipan menos recursos, mayores exigencias de los financiadores, más concentración de fondos en grandes organizaciones y un endurecimiento de las condiciones legales y fiscales. Casi la mitad proyecta un futuro frágil, con debilitamiento progresivo. Un 11 por ciento incluso imagina escenarios de cierre o fusión. Aun así, hay quienes hoy ven oportunidades de fortalecimiento. Se trata de los que lograron expandir su base de integrantes, sostener el ánimo del equipo y construir estructuras más flexibles.

El estudio plantea entender la crisis como un punto de ruptura donde también emergen nuevas formas de hacer. Para eso, los espacios colectivos necesitan recuperar su capacidad de lectura de contexto, preguntarse qué se desmorona, qué aparece y qué se consolida, y diseñar respuestas que integren imaginación política, cooperación y estrategia de largo plazo.

La región atraviesa un momento bisagra: menos recursos, más urgencias y un escenario global incierto. Pero los espacios colectivos siguen ahí, sosteniendo agendas ambientales, democráticas y de derechos en algunos de los contextos más complejos del continente. Lo hacen, cada vez más, sabiendo que la única manera de seguir es hacerlo en conjunto. En tiempos de contracción, la colaboración deja de ser un valor y se convierte en un refugio.


Cómo las Empresas B pueden ayudar a reducir el calentamiento global
Un nuevo informe internacional sostiene que, si el mundo empresarial adoptara prácticas similares a las de las compañías certificadas como B Corp, el aumento de la temperatura global hacia 2100 podría moderarse en 0,5 °C. Lee la nota en Otra Economía.


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Transforman residuos de yerba mate en un bioaceite con valor comercial

La yerba mate forma parte de la vida cotidiana de millones de personas en Sudamérica, pero lo que queda después de cada infusión termina en la basura. Solo en Argentina se generan más de 220.000 toneladas anuales de estos residuos.

Frente a este panorama, un equipo liderado por Martín Palazzolo, investigador del CONICET en el Instituto de Biología Agrícola de Mendoza, exploró transformar la yerba mate consumida en productos de alto valor mediante pirólisis, un proceso de degradación térmica sin oxígeno. Su estudio, realizado junto a colegas de la Universidad de Groningen y publicado en Waste Management, abre una ventana a nuevas formas de darle un uso productivo y sostenible a un desecho cotidiano.

Para avanzar en esta idea, el equipo construyó un reactor experimental de bajo costo, diseñado especialmente para procesar la cantidad de yerba que queda en un mate típico. Antes de trabajar con la biomasa de yerba usada, evaluaron su desempeño con aserrín de pino, un material de referencia, y comprobaron la eficiencia del sistema. A partir de allí, sometieron la yerba mate a 550 °C para obtener las tres fracciones clásicas de la pirólisis: biochar, gases y un bioaceite rico en compuestos aromáticos. Este último concentró la atención de los investigadores porque representa una alternativa renovable a compuestos derivados del petróleo. Mediante ajustes de temperatura, el uso de catalizadores y técnicas de extracción con solventes renovables, lograron optimizar su composición y enriquecerla en moléculas aromáticas de interés industrial.

Los análisis posteriores mostraron que el bioaceite resultante contiene altos niveles de metoxifenoles, compuestos vinculados a la lignina de la yerba mate y con aplicaciones potenciales en las industrias química, farmacéutica y alimenticia. La estrategia, además, se complementa con otros aprovechamientos: antes del proceso se pueden recuperar extractos con cafeína y minerales, y después, tanto el biochar como los gases tienen usos directos en el agro y como combustible.


Hasta aquí llegamos hoy. Los leo en [email protected]

Hasta el martes,

Flor.