Una alianza entre una empresa de transporte público y una empresa social en Australia muestra cómo las compras públicas y corporativas pueden convertirse en una herramienta concreta para generar inclusión y sostenibilidad. Desde 2022, SisterWorks y Yarra Trams, el operador privado de la red de tranvías de Melbourne, reconocida como la más grande del mundo, desarrollan una “alianza de valor compartido” que combina objetivos ambientales con la creación de empleo para mujeres migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo, ofreciendo un modelo replicable para América Latina.
El modelo de SisterWorks se basa en una metodología de empoderamiento económico diseñada específicamente para superar las barreras estructurales que enfrentan las mujeres migrantes y refugiadas. Su enfoque integral combina la formación técnica en sectores con alta demanda laboral con el desarrollo de habilidades blandas y el dominio del inglés en entornos de trabajo reales. A través de sus propias empresas sociales, como su café de especialidad, su línea de productos artesanales y su proyecto de economía circular, la organización crea puentes directos hacia el empleo formal, permitiendo que las participantes ganen un ingreso mientras aprenden y se integran socialmente.
El acuerdo con Yarra Trams nació como parte de un programa de vinculación comunitaria, pero rápidamente evolucionó hacia una integración más profunda: SisterWorks pasó a formar parte de la cadena de valor de Yarra Trams. A través de iniciativas como la renovación de asientos de tranvía, el reciclaje de textiles para producir merchandising y la provisión de insumos, la organización social se insertó en la estrategia de compras responsables de la empresa. El resultado es una demostración concreta de cómo las alianzas entre empresas y actores de la economía social pueden ir más allá de la filantropía y generar valor económico, social y ambiental al mismo tiempo.
Los impactos proyectados reflejan ese potencial: más de 1.500 horas de empleo al año para mujeres con mayores barreras de acceso al trabajo, unos 125.000 dólares en impacto económico y social, y la reducción de cuatro toneladas de residuos textiles mediante procesos de reutilización. Además, la alianza impulsa el crecimiento del propio emprendimiento social, aumentando sus ingresos y ampliando sus capacidades productivas, incluso en sectores tradicionalmente masculinizados como el ferroviario.
Pero el alcance va más allá de los números. A partir de esta colaboración, SisterWorks logró expandirse hacia nuevas áreas, como la fabricación vinculada a la seguridad ferroviaria. Esto muestra cómo una articulación inicial puede escalar y abrir un ecosistema más amplio de colaboración.
Para América Latina, donde crece el ecosistema de empresas de triple impacto, este caso ofrece una pista clave: el sector público y las grandes empresas pueden jugar un rol decisivo si integran criterios sociales y ambientales en sus compras. En un contexto regional marcado por desigualdades estructurales y desafíos ambientales, este tipo de alianzas plantea una oportunidad concreta: pasar de iniciativas aisladas a estrategias sistémicas donde el Estado, las empresas y la economía social co-creen soluciones.
