Bajo el lema “Una simple letra, un gran significado”, el Mes de las Empresas B nos convoca como comunidad global durante marzo para celebrar a las más de 10.700 organizaciones del sector privado que, en 104 países del mundo, lideran un movimiento hacia una economía inclusiva, equitativa y regenerativa para todas las personas y el planeta.
Con 292 Empresas B Certificadas, Argentina ocupa hoy el puesto número 10 en el mundo y el segundo en Latinoamérica en cantidad de compañías que cumplen con estándares verificados en materia de prácticas sociales y ambientales, transparencia y responsabilidad.
Además, en lo que va de 2026, fuimos el segundo país con más crecimiento del mundo, superado únicamente por el Reino Unido.
El empresariado argentino se destaca por una convicción que se sostiene incluso frente a una coyuntura económica compleja y sin un marco de políticas públicas que incentive específicamente esta agenda. Con una larga experiencia en adaptarse a escenarios cambiantes, hoy orientan esa capacidad a integrar el impacto social y ambiental como parte central de la estrategia de negocio.
Esto es así porque hay una visión de futuro: cada vez más líderes entienden que, si no cuidamos a las personas que hacen nuestra empresa y si no cuidamos el origen de los recursos que usamos para nuestra producción, llegará un momento en el que no habrá más negocio.
Según un estudio realizado por la Empresa B Vistage el año pasado, el 75% de los líderes empresariales locales entiende que el rol del empresario es clave para el desarrollo económico, social y ambiental del país. Más del 90% afirma que es importante promover el bienestar y el desarrollo de los colaboradores, tener un compromiso real con su comunidad y medir su impacto ambiental. Y muchos lo llevan a la acción: 7 de cada 10 está trabajando en iniciativas de Triple Impacto o acredita algún tipo de certificación.
En todo el mundo, pero con más profundidad en Latinoamérica y en Argentina, enfrentamos desafíos muy complejos. Detrás de la B hay empresas que van más allá de lo que les exige la ley. De hecho, modifican sus estatutos para comprometerse legalmente a proteger su propósito y beneficiar no solo a sus accionistas.
Son organizaciones que asumen un rol social y se reconocen en su capacidad de generar transformaciones y aportar soluciones reales. Así, conviven experiencias como la de Cook Master, que implementa programas de inclusión social y laboral en unidades penitenciarias y contribuye a reducir la reincidencia; la de Trasa, que fue la primera empresa en ingresar al Barrio Mugica con servicios financieros y luego con un cajero automático que impulsó un circuito económico local; o la de Boomerang Viajes, que junto a su fundación sostuvo y transformó un jardín de infantes en José C. Paz hasta convertirlo en una escuela con casi 400 alumnos. En esa misma línea, Alamesa desarrolló un método de cocina y atención al público para incluir a trabajadores con neurodivergencias, generando oportunidades de empleo formal, mientras que El Potrero de San Lorenzo articula producción agrícola sustentable con la conservación de un área protegida de 30.000 hectáreas.
La lista podría ser mucho más extensa, con 292 Empresas B en 15 provincias del país, este movimiento sigue creciendo y demostrándonos que el sector privado puede y debe tener un rol protagónico en la transición hacia una nueva economía que ponga en el centro de sus decisiones el bienestar de las personas y el planeta.
* Marina Arias es directora ejecutiva de Sistema B Argentina
